Efraín Trelles Aréstegui (1953-2018)
Bibliographic Data
| ID | 2829149 |
|---|---|
| Authors | Luis Miguel Glave (0000-0003-1452-7017, Universidad Pablo de Olavide, corresponding author) |
| Year | 2019 |
| Volume | 99 |
| Issue | 1 |
| Pages | 129-132 |
| Publication date | 2019-02-01 |
| Open Access | No |
| Type | ARTICLE |
| Venue | Hispanic American Historical Review (JOURNAL) |
| Journal identifiers | ISSN: 0018-2168 • E-ISSN: 1527-1900 |
| Publisher | Duke University Press (PUBLISHER • US) |
| DOI | 10.1215/00182168-7288017 |
| OpenAlex | W2915002544 |
| Language | CA |
No me es fácil escribir acerca de Efraín Trelles, sensiblemente fallecido el 1 de abril de este año. Hacerlo es un poco escribir también de mí mismo, porque he perdido con él a un amigo y con su partida se me vienen encima los recuerdos de años intensos, duros y a la vez maravillosos que no volverán. No es este obituario la puntualización académica de sus aportes y las características del trabajo de un colega. No puede serlo. No lo puede ser porque el estilo de trabajo de Efraín se resiste a ser catalogado de meramente académico. Era un escritor e historiador brillante, pero a la vez no era él un académico al uso.Escribo esta nota el día en que hubiera cumplido 65 años de vida intensa. Lo conocí en las aulas universitarias en 1974 y nos hicimos amigos en la tribuna norte del Estadio Nacional de Lima, un domingo en que mi equipo –el Alianza Lima– ganó su partido, y el suyo –el Universitario de Deportes– perdió el que jugaba inmediatamente después, en aquellas jornadas deportivas de varios partidos seguidos. Luego compartimos clases, debates, partidos de fútbol que vimos juntos y que jugamos con otros compañeros que compartían con nosotros esos años en que nos hacíamos adultos y ciudadanos, cuando el Perú pasaba de un gobierno militar corporativo populista a un régimen represivo y dictatorial, que enmendaba la plana a su propia revolución transformadora. El país en que nacimos había cambiado y nosotros nos hacíamos historiadores un poco para explicarnos qué era lo que dejábamos atrás, cómo y por qué pasaban esas cosas y hacia dónde queríamos apuntar el destino de nuestra sociedad. Nuestros pasos académicos eran en primera instancia pasos políticos.Efraín había nacido en Andahuaylas, pertenecía a una familia conocida e influyente de hacendados, pero fue hechura de su madre, con quien vivió en Lima, a donde llegó para estudiar en un exclusivo colegio alemán. En su corta biografía, entrado ya en la universidad para ser historiador, se cruzaban varios de los flecos de ese país hirviente y cambiante.Política, deporte e historia eran como espacios en permanente diálogo en nuestras vidas. Efraín se convirtió en un proyecto sublime de historiador moderno, guiado por maestros estupendos pero sobre todo por su vitalismo, su imaginación y su artesanía narrativa. Leía las crónicas y contaba las historias desde perspectivas que requerían mucho arte para tomarlas como puntos de partida. Su historia de cómo los indios andinos pensaron que los barberos eran los verdaderos dioses españoles era deliciosa. Los barbudos conquistadores, los wirakocha, entraban con aspecto avejentado, cansino y desarrapado en los cuartos de los rapabarbas y salían lozanos y rejuvenecidos: ¡esos hombres tenían el poder de devolver la vida! Tomaba sus anécdotas de los cronistas que Franklin Pease le enseñó magistralmente a escudriñar y las convertía en relatos hilvanados con su amenidad única.Además entró en los papeles de archivo del siglo xvi en plena efervescencia de los estudios de etnohistoria, en el diálogo de las fuentes primarias con la arqueología y los cronistas. Trabajó de la mano de David Cook y del maestro Franklin en los pueblos del Valle del Colca mientras descifraban las tempranas visitas a los collaguas. Usaba con destreza la estadística en el análisis de esas visitas. Luego conoció a Magnus Mörner, quien visitaba frecuentemente el Perú y quedó fascinado por la locuacidad y eficiencia de Trelles. Juntos trabajaron con una perspectiva innovadora frente a las fuentes para explicar el levantamiento de Túpac Amaru.Fue José Antonio del Busto, un hombre que parecía de otros tiempos, casi con los ademanes y el habla de los conquistadores que estudiaba, quien le dijo que trabajara con la vida del encomendero Lucas Martínez Vegazo, del que tenía una documentación muy completa en gruesos rollos de microfilm que tomó en el Archivo General de Indias de Sevilla. Se los dio con la generosidad del caballero andante. Del Busto era un conservador, profesor de historia de la conquista en la Universidad Católica, y Trelles, hacía nada, un estudiante y militante de un partido de izquierdas muy radical, que terciaba en los debates candentes de los alumnos que por entonces dirigía en la federación un joven Javier Diez Canseco.La tesis de bachiller de Trelles sobre el encomendero Martínez es hoy un clásico de la historiografía peruana. Trelles completó la documentación del AGI que le facilitó del Busto con unos espléndidos documentos acerca de la encomienda, que encontró entre los protocolos del Archivo General de la Nación. Leyó la literatura peruana y chilena acerca de Tarapacá y, con su destreza narrativa, elaboró un libro que difícilmente podrá ser igualado por muchas tesis doctorales, incluso de las buenas con las que hoy contamos.Su viaje a Estados Unidos para estudiar un doctorado en Austin fue un episodio fugaz en su trayectoria. No fue allí donde se hizo historiador, ya lo era con creces. Su vida se aceleró, la compartió varios años con su pareja, lo más importante que se llevó de esa experiencia y con quien se casaría unos años más tarde. Pasó una temporada en Sevilla escudriñando papeles en el Archivo General de Indias, de cuya bondad documental sabía bien gracias a los microfilms que José Antonio del Busto le proporcionó. Años después logró convertir su demorada tesis de maestría de Austin en un libro, al que dotó de unas entradas propias de un universo personal complejo en el que entonces vivía: buscaba nuevos lenguajes. Costaba entender los vericuetos de su mensaje inédito, en el que incorporaba su sentir andino –incluso tenía un cierto dominio del quechua– con un diálogo en el tiempo, entre el ahora o presente del escritor y el entonces –¿pasado?– del pueblo huanuqueño al que estudió en dicho trabajo. Hizo un índice a la manera de un quipu andino. Siempre fue original a riesgo de no saber bien en qué sendero transitaba. Por entonces transgredía los cánones con irreverencia. Yo estuve en el panel de la presentación y traté de encajar un discurso académico con lo que teníamos al frente, pero creo que ése no era el objetivo de nuestro autor.No obstante, toda la vitalidad de Efraín, toda su locuacidad y rapidez mental, no fueron suficientes para evitar que los negros nubarrones que se ciernen sobre los espíritus libres lo oprimieran por dentro, al punto de poner en peligro su integridad. Eran los años oscuros de la guerra interna en el Perú, cuando las condiciones de vida de todos eran precarias y todos los augurios nefastos parecían cumplirse, en medio del desangramiento de un pueblo y el colapso de la economía. Le costó salir del hoyo pero lo hizo. Salió dañado sin embargo. Decidió fugar hacia delante, encajar su pasión por el fútbol y su labia enjundiosa con su saber de historiador. Diseñó un personaje público que llegó a ser “famoso”. A la hora de su muerte los diarios debieron precisar que el conocido comentarista deportivo también era historiador.Un encargo de la Municipalidad de Lima para escribir una pequeña biografía del primer alcalde de la ciudad devolvió su prosa a las prensas. Tuve la suerte de prologar su librito, que salió hace menos de un año, como en 1983 cuando reseñé su libro sobre Lucas el encomendero, una de las pocas veces que he publicado reseñas en mi carrera y atiné a escribir algo sobre ese estupendo trabajo. Por eso me cuesta saber que ya no está.Es bueno que en un espacio académico como éste se conmemore la vida de una persona que supo hacer de nuestro oficio parte indesligable de su vida. Alguien que puso el sello personal en la obra, que hizo del estilo el método. Que supo comprometerse con las gentes cuya historia estudiaba, seguir los pulsos vitales de los personajes. Que vino a dejarse la piel en los renglones que escribió. Ésa también es una buena lección para los estudiantes que se forman para ser historiadores.Gracias por lo que nos diste y nos dejaste, descansa en paz querido amigo Efraín
Art · Humanities · Agriculture and Social Issues · Conflict, Peace, and Violence in Colombia · History and Politics in Latin America
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