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Un Quevedo desvelado

Las silvas Quevedo Unveiled : The Silvas

Bibliographic Data

ID21646814
AuthorsMaría José Alonso Veloso (0000-0002-9666-5626, Universidade de Santiago de Compostela, corresponding author)
Year2021
Volume26
Issue2
Pagesv-x
Publication date2021-11-08
Open AccessNo
TypeARTICLE
VenueCalíope (JOURNAL)
Journal identifiersISSN: 1084-1490 • E-ISSN: 2377-9551
PublisherThe Pennsylvania State University Press (PUBLISHER)
DOI10.5325/caliope.26.2.000v
OpenAlexW3214852748
LanguageEN

El título que encabeza esta introducción es modesto homenaje a Eugenio Asensio, “descubridor” de las silvas de Quevedo y catalizador de los estudios ulteriores, con un guiño a su imprescindible estudio “Un Quevedo incógnito: las silvas”.1 El olvido de estos poemas en que incurrió Vossler, en su ya clásico estudio sobre la soledad en la poesía española, fue subsanado por Asensio y Rivers, quienes reivindicaron sus rasgos peculiares, parcialmente relacionados con el legado de Estacio. Desde entonces, este significativo apartado de la lírica quevediana —representado por un corpus principal de una treintena de poemas que habrían configurado su cancionero de silvas de raigambre estaciana, y un número no desdeñable de composiciones dispersas— ha sido objeto de múltiples análisis. El hallazgo de los pioneros inspiró estudios textuales y literarios, pero también la búsqueda de fuentes, con particular atención a las silvas del poeta latino. El interés se ha centrado sobre todo en textos individuales, algunos profusamente analizados como el célebre Himno al sueño o los poemas morales, pero no han faltado estudios sobre varias silvas o incluso el conjunto de los textos. De la amplitud de la bibliografía publicada hasta ahora son elocuente testimonio las referencias citadas en las ocho contribuciones del presente volumen monográfico.Tras casi cuatro décadas de desvelamiento progresivo de un corpus fértil en caminos de investigación, si bien atenido a un grupo no muy extenso de composiciones, este número de la revista Calíope aspira a ofrecer nuevas perspectivas para el análisis de las silvas de Quevedo: hay lugar para los estudios textuales, literarios y culturales, que perfilan también en la práctica un sugerente estado de la cuestión. El volumen es asimismo el colofón de un proyecto de investigación que ha permitido el estudio, la edición crítica y la anotación del poemario de silvas que el escritor parece haber ido configurando a lo largo de su vida, desde los albores del siglo XVII, cuando el aún joven escritor buscaba su lugar entre los grandes, hasta el momento de su muerte.Dos aportaciones aspiran a caracterizar a Quevedo, de un modo general, como destacado autor de silvas frente a sus contemporáneos. La de Alfonso Rey constata la novedad de su legado en un doble sentido. En primer lugar, frente a su modelo clásico, Estacio: retiene su variedad y su idea de un corpus unitario de silvas, pero se aleja en temas, tono y estilo, cuando rehúye lo heroico, lo mitológico y el descriptivismo, al tiempo que exacerba la reflexión ética. En segundo lugar, frente a otros importantes autores de silvas en su tiempo (Góngora, Lope y Rioja, entre otros), pues infundió un giro original en el género, a través de una colección con una notable y singular variedad temática. El autor latino le habría permitido distinguirse entre quienes cultivaban la silva en España (en particular Góngora y sus seguidores) en un contexto literario con vigencia de dos vertientes fundamentales de la silva barroca de signo opuesto: la meditativa e intimista, y la centrada en celebraciones. Quevedo propició un significativo alejamiento del modelo clásico y un radical desapego hacia la trayectoria que asume la silva a partir de la difusión de las Soledades. Y lo hizo, como muestra Rey, con un corpus más amplio y variado de lo que usualmente se reconoce, pues, junto a la treintena de silvas estacianas más estudiadas, reclaman atención crítica otros textos, entre ellos las silvas jocosas y las traducciones de autores grecolatinos.Con un enfoque diferente, también Pablo Jauralde sitúa al Quevedo creador de silvas, que acariciaba el proyecto de configurar un libro con estos poemas, ante la tesitura de la difusión de las Soledades gongorinas, el largo y polémico poema que lo habría disuadido de su idea inicial y lo habría encaminado en una dirección diferente. La prueba de tal desvío sería la silva moral titulada Sermón estoico de censura moral, que el estudioso interpreta como “contestación” contra la propuesta de Góngora: “El viejo poeta, del que se reía tanto, acababa de anular sus apocadas silvas, al poner en circulación una extensísima”, explica Jauralde, quien considera que este hecho fue determinante en su decisión de rehusar la posible publicación exenta de dicho corpus, como libro. En definitiva, lo sucedido habría provocado la dispersión de la colección de silvas en las distintas musas del Parnaso, la edición póstuma de 1648. En este recorrido por la trayectoria de Quevedo, vital y literaria, asoma además la principal fuente de las silvas: el manuscrito Nápoles, que Jauralde considera mero borrador copiado a partir de 1617 y olvidado en Italia; con posterioridad, y ya de vuelta en Madrid, el autor podría haber estado diseñando nuevo acomodo para los textos en la edición de su poesía completa, sirviéndose de otra copia.En relación con el testimonio napolitano parcialmente autógrafo mencionado, Francisca Moya del Baño disecciona su disposición de los poemas, su organización de los cuadernos y sus cuatro caligrafías y tintas diferentes. Cierto es que no faltan los análisis de esta fuente textual, en particular la exhaustiva descripción de Ettinghausen en 1972, en aportación que daba noticia de la existencia del manuscrito; previamente, había sido descrito de forma pormenorizada en un catálogo de Alfonso Miola, en 1895. Pero Moya del Baño ofrece una nueva lectura de sus datos, apegada a la materialidad del códice, así como una plausible interpretación del modo en que se configuró, con una explicación para la distribución azarosa, desordenada, de las silvas y hasta para la presencia de un hasta ahora enigmático texto escrito en árabe, el poema moral Lamiyat, del historiador y literato siciliano del siglo XIV Ibn al-Wardī. El exhaustivo análisis, que cabe tildar de detectivesco en la búsqueda de una posible razón para cada detalle material y en la reconstrucción de la ordenación de las silvas, su “Silva de silvas”, concluye con una propuesta: la conveniencia de editar el corpus del manuscrito BNN.XIV.E.46, habida cuenta de que fue el propio Quevedo quien eligió las composiciones, las ordenó y también las corrigió. El suyo sería, según la propuesta de Moya del Baño, el texto “definitivo”. Su atenta lectura de una fuente capital de la poesía quevediana refrenda su valor en una edición crítica del corpus de silvas, que estamos culminando y verá la luz previsiblemente en 2022, y en lógica consecuencia para la edición de su Poesía completa, ya concluida y en fase de revisión de pruebas, que publicaremos con la editorial Castalia antes del final de 2021.Relacionada asimismo con la transmisión textual de las silvas de Quevedo, aunque no de forma exclusiva, pues atiende también al corpus de Estacio y a la evolución de la elegía y el tono elegíaco en la época, la aportación de María José Alonso se detiene en dos silvas fúnebres de Quevedo: los cantos por la muerte de la tórtola y la mariposa. Su objetivo es proponer argumentos de distinta índole para su adscripción al corpus de silvas, impreso mayoritariamente en la musa octava, Calíope, y no en la musa tercera, Melpómene, donde el editor póstumo González de Salas decidió situarlas, tal vez para prolongar un poco un apartado menguado por el presunto extravío de la poesía quevediana. Los argumentos no son solo textuales (la manipulación dispositiva y la que afecta a los epígrafes), sino también de género, tono y contenido. Sin estas composiciones, el corpus de silvas pierde una parte esencial del heterogéneo legado estaciano, en el que predominan los epicedios, en particular los dedicados a animales, y se resiente así su pretendida variedad, cualidad que la crítica ha coincidido en señalar como consustancial a su particular imitación del modelo latino. Por otra parte, su tono disuena respecto al heroico propio de Melpómene, predominante en dicha musa, y concuerda, en cambio, con el elegíaco que tiñe algunas silvas quevedianas. Un tono que, por otra parte, cabe considerar próximo al territorio lábil de la elegía íntima, precursora de la poesía “moderna”.Las fuentes de la invención y la erudición quevediana han constituido siempre un campo fecundo de estudio. La flexibilidad métrica de la silva multiplicó en Quevedo la variedad temática en unos poemas que despliegan ante el lector su atenta lectura de Estacio, y también de otros autores clásicos. El intimismo y la reflexión permiten a Quevedo singularizarse frente a sus fuentes, como sugiere Antonio Ramajo, aunque no quepa excluir por completo de su repertorio el elogio, que aparece de forma solo ocasional. Su estudio, abundante en referencias y sugerencias, va desgranando un abultado “repertorio de ecos clásicos” delineado en el corpus de silvas, para demostrar que Quevedo, lejos de someterse a las rigideces derivadas de las fuentes empleadas, las desborda en numerosas ocasiones, en aras de la originalidad: “las lecturas clásicas le sirvieron para moldear su propia voz poética”. Destaca en las silvas su “vasto muestrario de apóstrofes”, un hecho que invita a un recorrido inspirador por invocaciones a elementos de la naturaleza (vegetales, animales o inorgánicos) y a personas (vicios y virtudes, amor y dolor, hazañas, ciudades, locus amoenus, inventos humanos, meditación sobre la muerte). Tan rico itinerario discurre por las silvas que Quevedo aspiró a modelar como libro, mostrando a un tiempo las deudas con sus dechados y su ambición de superarlos.Enrique Moreno explora la silva “Roma antigua y moderna”, que bien puede servir como ejemplo del proceder de Quevedo en poemas largos, sin límites estróficos, propicios a la divagación. Pese a tratarse de una de las más estudiadas, se acerca a ella desde una perspectiva diferente, induciendo una lectura renovada de un poema cuajado de temas que, secundarios en apariencia, se erigen como legítimos acreedores de un relieve literario mayor que aquel que cabe considerar general: la transición desde el Imperio romano y su decadencia ulterior hasta su condición de potencia espiritual en tiempos de Quevedo, a través del Papado. Este tema general actuaría solo como mero “marco retórico” en un poema que cabe calificar como “obra poética”, a juicio de Moreno. El cauce de la silva dota al poema de “una estructura fluctuante”, con constantes desviaciones del tema central, en una sucesión de asuntos secundarios, “momentos digresivos” que condensarían el valor poético del poema y propiciarían un desarrollo demorado del mismo. A explicar esos momentos se consagra el artículo: por ejemplo, la pobreza de Roma en sus orígenes, la reflexión sobre lo efímero de la vida humana o el pasaje sobre los ríos y el Nilo, construido con afirmaciones extrapoéticas por objetivas, basadas en datos naturales y geográficos. De este modo, aspectos como la musicalidad o la “elocución noble” determinarían la “fuerza literaria del fragmento”. Moreno sitúa entonces al lector ante “una poesía hecha más de informaciones que de imágenes, de elocución que de metáfora”, una sucesión de “visiones poderosas, pero siempre momentáneas”. Y esboza una conclusión, un efecto de tan peculiar ejercicio literario: la “desvalorización de la realidad” o, lo que es lo mismo, la “preeminencia de la palabra”.Quevedo privilegió el cauce de la silva. Tal preferencia se deduce no solo del corpus que podemos considerar “canónico” de poemas, aquel que parecía encaminado a convertirse en libro de silvas a la manera estaciana, sino de un notable uso en la lírica quevediana, que abarca manifestaciones diversas, desde las graves hasta las abiertamente burlescas. Un ámbito en el que se aprecia de modo paradigmático dicha predilección es el de las traducciones poéticas de textos clásicos, en particular el Anacreón castellano. La versatilidad y libertad de la silva habrían inducido, por razones prácticas, su preeminencia en las versiones castellanas de textos latinos o griegos. Lúa García Sánchez se adentra en los rasgos de las silvas de esta obra difundida de forma manuscrita en 1609, en el período filológico de Quevedo, centrando su estudio en los poemas anacreónticos que cantan a la rosa. De su análisis se infieren mecanismos de relieve que el autor habría aplicado en su oficio de “traductor”, marcado por una acusada inclinación a la amplificación en textos descriptivos de la naturaleza y las rosas: el desdoblamiento de las voces originales griegas y la inserción de versos de nuevo cuño o expresiones, a veces situadas en posición de rima.La silva con raíces en Roma, recuperada por Quevedo, sirve como punto de partida para un decurso literario en el que Hilaire Kallendorf transita por composiciones líricas consagradas a los árboles, desdeñando los límites métricos y temporales, para postular una interpretación amplia, enriquecida, del término. Desde el origen latino en el árbol al que cantó Estacio, pasando por el barroco de Quevedo (“De tu peso vencido”), emergen en sucesión cronológica las figuras de Antonio Machado (“Al olmo viejo, hendido por el rayo”), Vicente Aleixandre (“El árbol jamás duerme”), María Luisa Bombal (“El árbol”) y Claribel Alegría (“Y soñé que era un árbol”). El análisis muestra que el motivo, eventualmente dotado con valores simbólicos, se convirtió en poderoso acicate para la escritura a lo largo de la historia de la literatura hispánica. Las silvas estacianas, según la propuesta de Kallendorf, “might [ . . . ] be seen as rather unexpected roots for some of the literary trees which later sprouted from them”. Y, apelando al ámbito de los estudios culturales, los poemas y los relatos sobre árboles se perfilan idóneos para la elaboración de análisis realizados con la metodología de la ecocrítica, en una inesperada pirueta de la historia literaria, desde el mundo grecolatino hasta las tendencias críticas más actuales.Esta rápida síntesis de los contenidos del volumen evidencia que del prolífico territorio de las silvas de Quevedo, sin duda más conocido y explorado hoy, pero nunca agotado, seguirán germinando nuevas lecturas y aproximaciones en el futuro.Deseamos agradecer a la revista Calíope y a la Society for Renaissance and Baroque Hispanic Poetry —en nuestro nombre y en el del Grupo Quevedo de la USC, que dirige Alfonso Rey— su interés en este monográfico y su imprescindible apoyo a nuestro proyecto. Especial mención requiere la excelente labor del editor de la revista, Ignacio López Alemany, verdadero artífice de este número especial sobre las silvas de Quevedo. Nuestro agradecimiento también a todos los colaboradores del volumen por sus magníficas aportaciones

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